Pegada a la estufa
buscando los guantes
atajando el gorro
refugiando el corazón del frío
para que no se me congele
porque listo está al derroche
de sus buenas virtudes
y en las salidas a veces
se me llena de frío
no quedando de otra
más que abrazarlo
pegada a la estufa
con guante y gorro
atajado en mi huesos
lunes, 29 de agosto de 2016
miércoles, 24 de agosto de 2016
¿Cuál es el tiempo de escritura?
Me pregunto si mañana tendrá sentido esto que escribo hoy, si lo que escribí ayer ya no son más que signos bailando al compás de un momento. Me pregunto si pasado mañana recordaré alguna de las reflexiones que hoy obsesionan mi mente o si efectivamente, llegarán a una conclusión satisfactoria.
Bajo esta mirada, escribir es un acto de consciencia repetitiva, un acto voluntario que le da libertad al flujo interno para expresarse en el cuidado de la palabra. Un acto de sedimentación mental, donde desbordar esos pensamientos bordes que no tienen cabida cómoda en el rompecabezas personal. Con esto quiero decir que en la escritura, todos los pensamientos inútiles toman sentido, pues es una cazadora indómita de sentimientos. Pero la libertad encierra una trampa. A la vez que liberas tu interioridad, petrificas un estado, conformando un estatus de realidad. Realidad que te atrapa, como si ese fueras tú para siempre, reflejada en esas letras incautas, expectantes de ser editadas una y otra vez al ritmo del cambio infinito. Esa es la trampa. El paralelo que la vida nos permite establecer, entre todo lo que hacemos y lo que somos. Escribir es como la vida. Cada acto que realizas conlleva una responsabilidad, una causalidad que jamás termina. Esa es tu historia en constante transformación, tu cara visible, la imagen que presentas ante la otredad.
La escritura, el espejo que rumia la percepción del momento. Lo único que importa: el presente.
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