sábado, 31 de marzo de 2018

No quiero dormir, aunque los párpados me pesen. El tiempo no tiene ninguna importancia para estos dedos que crecen y crecen. Hay cosas que no cambian. Como la costumbre de habitar la noche con las letras, o ,la valentía de desvestirse por completo frente a un espejo invisible. No espero cosas nuevas, más que lo viejo transformado al albor del fuego joven. Divagante y andante de la espiral de la vida, con la frente encendida, recibo el saludo del amor y se atesoran las manos amigas. Una película pasa con claridad, una replica de lo real, la versión de la versión en mi cabeza... quién sabe cuántas vueltas me he dado... proyecto el principio de una historia y ésta no termina. Los mejores finales son los que sorprenden. Se me exalta el alma de pensarlo. Y divago, divago haciendo un recorrido por la palabra divagar y su belleza sintáctica. Los párpados pesan y pesan más. El fresco de la noche es un buen recordatorio de que mañana es un día diferente. El amanecer llegará de repente y yo, llamo a la puerta de mis sueños para recibir los mensajes que callé durante el día. Se apagan los ojos  lentamente, los dedos se detienen.

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