Leí una vez que cuando una verdad es dicha con dudas, es una mentira. Una boca seca, una lengua tiritona y unas cuerdas vocales apretadas no pueden ser expresión de una verdadera conexión entre quién eres y lo que comunicas. Pero ahí estás, parada a la deriva de una vida que te exige comunicarte a cada momento, porque ya no hay más soledad. No hay más soledad y necesitas entregarte al flujo más cómodo, el que más sirva y que curiosamente siempre es el que menos te identifica. Pero la palabra, impertérrita, aún petrificada en su propia problemática, no aparece. Se alejó para darte una lección que no comprendes. Por mientras, solo te dedicas a seguir patrones de conducta, a interesarte por una cierta psicología, a responder al estímulo exigente de la sociedad, que también podemos llamar "presión de grupo", y que no te permite indagar en tus propias posibilidades. Atrapada en la red de distracción constante que sirve para solapar el miedo a la particularidad. El miedo a estar sola. Estás cansada de fingir ser parte de una secuencia de palabras que no te pertenece. Intentas agitar la cabeza y gritar que estás cansada, pero solo sale una rabieta sin sentido detrás de tus cuatro paredes. Rebelándote a tu propia cabeza que no deja de pensar con esas palabras prestadas, con esas realidades ajenas.
Un día la palabra se levantó y me dijo "Estoy cansada de mi inercia, necesito sentir la vibración de mis consonantes. Necesito el roce del aire y viajar hacia el conducto auditivo de otro y darle sentido a una idea.". Quedé pasmada ante esa revelación. Hacía muchos años que mi mente se debatía en un combate obsesivo. La palabra me vuelve a hablar "¿Sabes qué nombre deberías ponerme?", "No", le respondí. "Deberías llamarme libertad".
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